¿Quién nos enseñó qué es bello?

12.09.2026 02:40

¿Quién nos enseñó que es bello?

Hay algo curioso que me ha ocurrido observando a mis gatos. Y es que, a veces, la naturaleza nos enseña cosas que nosotros, viviendo en sociedad, hemos olvidado. Cuando miramos a un animal, nuestra percepción de la belleza parece funcionar de una manera bastante diferente a como funciona cuando miramos a una persona. Si vemos un gato con un pelo precioso, brillante, limpio, unos ojos vivaces, un cuerpo bien alimentado, redondito, rechonchón, con energía y vitalidad, inmediatamente pensamos: «Qué hermoso está.»
 
Incluso podemos verlo gordito y decir con ternura: «Mirá qué precioso, qué gordito está.» No pensamos que debería adelgazar para resultar más atractivo.No pensamos que su barriga sea un defecto. No pensamos que debería ajustarse a unas medidas determinadas. Si lo vemos cuidado, nutrido, con buen pelo, con brillo en los ojos y con energía, asociamos todo eso con algo muy sencillo: vida.
 
En cambio, cuando vemos un animal extremadamente delgado, con el pelo sucio, apagado, sin brillo, débil o sin energía, nuestra reacción normalmente no es:
«Qué bello.» Nuestra reacción suele ser de preocupación. Pensamos que quizá está enfermo, que necesita alimentarse, que algo no está bien. Es decir, en la naturaleza asociamos espontáneamente determinadas características con la salud, el bienestar, la abundancia y la vitalidad. Y entonces me pregunto: ¿Qué nos pasó cuando llegamos al ser humano?
 
Porque cuando entramos en el mundo 3D, en la sociedad, parece que hemos aprendido a utilizar unas reglas completamente diferentes. Un cuerpo grande, gordito, redondeado, puede convertirse en algo que esconder. Una barriga puede convertirse en un defecto. Unos muslos grandes pueden convertirse en algo que corregir.
 
Un cuerpo con curvas puede hacernos sentir que tenemos que cambiarlo.
 
Y, en cambio, un cuerpo extremadamente delgado puede ser presentado como algo atractivo, elegante o deseable, incluso aunque esa delgadez no tenga absolutamente nada que ver con la salud o con la vitalidad de esa persona. Entonces aparece una pregunta que para mí es fundamental:
 
¿Estamos viendo realmente la belleza o estamos viendo lo que nos enseñaron que debía parecernos bello? Porque quizá la belleza no sea solamente una característica de aquello que observamos.
 
Quizá también sea una interpretación.
 
Una interpretación que aprendemos.
 
---
 
¿Y SI INCLUSO NUESTRA IDEA DE BELLEZA HUBIERA CAMBIADO?
 
Si nos vamos atrás en el tiempo, descubrimos algo todavía más interesante.
 
En la antigua Grecia, la belleza estaba muy relacionada con la armonía, la proporción, la salud y la vitalidad.
 
No se trataba simplemente de cumplir una determinada medida corporal.
 
La belleza podía encontrarse en una persona que transmitía presencia, fuerza, equilibrio, vitalidad; en una mirada limpia, unos ojos vivaces, un cuerpo armónico y unas formas proporcionadas.
 
Para los griegos, además, existía la idea de kalokagathia, que vinculaba lo bello con lo bueno: la belleza exterior podía entenderse como expresión de cualidades interiores.
 
Es decir, la belleza no estaba necesariamente separada de la vida.
 
Un cuerpo bello era, en gran medida, un cuerpo que expresaba vida.
 
Y entonces vuelvo a mirar a mis gatos.
 
Tengo uno más gordito, más redondo, más suave, de esos que parecen estar hechos para que uno quiera abrazarlos.
 
Come cada dos horas.
 
Y transmite una sensación enorme de dulzura, tranquilidad, abundancia y bienestar.
 
Después está el otro.
 
Más pequeño, más delgado, más guerrillo, más inquieto.
 
Tiene otra presencia.
 
Es más ágil, más cazador, más de ir por libre.
 
Y, sin embargo, cuando los miro, no pienso:
 
«Este es más bello porque tiene menos cuerpo.»
 
No.
 
Los miro y veo que los dos son hermosos.
 
Uno expresa una cosa.
 
El otro expresa otra.
 
Uno transmite dulzura.
 
El otro transmite fuerza.
 
Uno tiene abundancia.
 
El otro tiene agilidad.
 
Y ninguno necesita parecerse al otro para ser bello.
 
Porque su belleza está en lo que expresa.
 
---
 
LA TRAMPA DE CONFUNDIR BELLEZA CON OBEDECER A UN PATRÓN
 
Quizá una de las grandes distorsiones de nuestra sociedad haya sido convertir la belleza en una especie de examen.
 
¿Tu cuerpo cumple el patrón?
 
¿Tu cara cumple el patrón?
 
¿Tu peso cumple el patrón?
 
¿Tu edad cumple el patrón?
 
¿Tu piel cumple el patrón?
 
¿Tus formas cumplen el patrón?
 
Y lo más curioso es que el patrón cambia constantemente.
 
Lo que ayer era considerado hermoso, mañana puede dejar de serlo.
 
Lo que una época admiraba, otra época intenta corregir.
 
Hubo épocas en las que las formas abundantes representaban prosperidad, salud y belleza.
 
Hubo otras en las que el ideal cambió.
 
Después llegó otro.
 
Y otro.
 
Y otro.
 
Entonces, si la definición de belleza puede cambiar tanto dependiendo del lugar, de la época, de la cultura y de las modas...
 
¿cuánto de esa belleza pertenece realmente a nosotros?
 
¿Y cuánto pertenece al momento histórico en el que hemos aprendido a mirar?
 
Quizá aquí esté la verdadera trampa.
 
Hemos convertido nuestro cuerpo en un objeto que tiene que aprobar un examen estético para poder ser considerado bello.
 
Y eso es agotador.
 
Porque siempre habrá algo que modificar.
 
Un kilo menos.
 
Una arruga menos.
 
Una talla menos.
 
Un centímetro menos.
 
Un cuerpo diferente.
 
Y mientras intentamos convertirnos en aquello que alguien decidió que era hermoso, quizá dejamos de mirar aquello que ya estaba ahí.
 
---
 
NO SE TRATA DE DECIR QUÉ CUERPO ES MÁS BELLO
 
Y aquí quiero hacer una aclaración.
 
No se trata de decir que un cuerpo gordo es más bello que uno delgado.
 
Ni que un cuerpo delgado es más bello que uno gordo.
 
Porque volveríamos a caer exactamente en la misma trampa.
 
La cuestión no es sustituir un canon por otro.
 
La cuestión es dejar de necesitar un canon para poder reconocer la belleza.
 
Porque un cuerpo no tiene que ganar un concurso para ser digno de admiración.
 
Un cuerpo puede ser hermoso por su presencia.
 
Por su expresión.
 
Por su vitalidad.
 
Por su historia.
 
Por aquello que transmite.
 
Por cómo habita el mundo.
 
Por la vida que contiene.
 
Quizá la belleza tenga mucho más que ver con la presencia que con la perfección.
 
Y quizá por eso los animales puedan enseñarnos algo que nosotros hemos complicado demasiado.
 
Ellos no están intentando cumplir un estándar.
 
No están comparándose.
 
No están mirando al otro para decidir si tienen demasiado cuerpo o demasiado poco.
 
No están pensando si su cola está de moda.
 
No están preocupados porque alguien haya decidido que este año se llevan unas determinadas formas.
 
Simplemente son.
 
Y quizá nosotros podríamos aprender algo de eso.
 
---
 
¿QUIÉN NOS ENSEÑÓ A MIRAR?
 
Mientras miro a mis gatos, me doy cuenta de algo muy sencillo.
 
La naturaleza no parece necesitar nuestras reglas para ser hermosa.
 
Somos nosotros quienes hemos creado las reglas.
 
Hemos creado categorías.
 
Hemos decidido qué cuerpo merece admiración y cuál debe esconderse.
 
Hemos aprendido a asociar determinadas formas con éxito, atractivo, juventud o valor.
 
Y después hemos olvidado que todo eso son construcciones.
 
Quizá no hemos descubierto una verdad universal sobre la belleza.
 
Quizá simplemente hemos aprendido un código para mirar.
 
Y si ese código fue aprendido, también puede ser cuestionado.
 
Podemos preguntarnos:
 
¿Qué parte de lo que hoy llamamos belleza realmente vemos con nuestros propios ojos?
 
¿Y qué parte estamos viendo porque alguien nos enseñó a verla así?
 
Tal vez recuperar nuestra propia mirada consista precisamente en eso.
 
En volver a mirar sin comparar.
 
Sin medir.
 
Sin corregir inmediatamente.
 
Sin preguntarnos qué debería ser diferente.
 
Mirar.
 
Observar.
 
Sentir.
 
Y reconocer la vida cuando la tenemos delante.
 
Porque quizá la naturaleza nunca dejó de mostrárnoslo.
 
Un animal cuidado, nutrido, limpio, con los ojos vivos y el pelo brillante nos parece hermoso porque vemos en él algo que nuestro cerebro reconoce inmediatamente:
 
vitalidad.
 
Y quizá nosotros también merecemos ser capaces de reconocernos así.
 
No por cumplir una medida.
 
No por parecernos a alguien.
 
No porque nuestro cuerpo encaje en una moda.
 
Sino simplemente porque estamos vivos.
 
Y tal vez la pregunta no sea:
 
«¿Soy lo suficientemente bello?»
 
Tal vez la pregunta sea:
 
«¿Cuándo dejé de mirar mi propia vida como algo hermoso?»

 

Volver